Este episodio no fue solo un capítulo más.
Fue un regreso.
Un reencuentro con el origen.
Volver a Mendoza —mi provincia natal— no fue un viaje geográfico, sino emocional.
Nací en Maipú. Me crié en Guaymallén.
Jugaba entre viñedos, en la chacarita de mi abuelo y en el camión cargado de uvas de mi nono.
Mi memoria está hecha de polvo seco, acequias, parrales y otoño dorado.
Por eso, cuando decidí que Mendoza debía formar parte de Historia Generativa, no quise contarla como territorio…
sino como alma.
Y ahí apareció él.
Guaymallén.
La voz ancestral
Quería que esta historia fuera contada desde adentro.
No por un cronista español.
No por un prócer.
Sino por quien vio llegar a los conquistadores desde la montaña, cuando la tierra aún no tenía nombres coloniales.
Elegí a Guaymallén no solo porque su nombre quedó grabado en un departamento.
Sino porque representa al gran líder huarpe, el estratega, el sabio, el que entendió que la supervivencia no siempre está en la lanza, sino en el acuerdo.
Lo imaginé hablando en castellano aprendido, mezclado con palabras milcayac.
Una voz lenta, profunda, como un chamán de piedra y agua.
Y esa voz fue moldeada en ElevenLabs, inspirada en los tonos ceremoniales de pueblos originarios, pero sin caer en caricaturas.
Lo más difícil fue escribir su idioma con respeto. Y lo más hermoso, encontrarle el ritmo.
Un pacto, una traición, un dios
Guaymallén cuenta cómo los suyos vieron llegar a los españoles.
Los llama “hombres envueltos en metal”.
Habla de sus bestias —los caballos— como si fueran criaturas mitológicas.
Y en lugar de enfrentarlos, decide negociar con Pedro del Castillo. Le ofrece tierras. Le muestra las acequias.
El español se asombra. Ve un oasis donde pensaba encontrar desierto.
Durante la creación visual, recreé ese momento con IA:
una avioneta sobrevolando viñedos,
las acequias brillando como venas del desierto,
el cruce de dos mundos con mirada diplomática.
Usé herramientas como Nano Bananas Pro, Flux, Kling y Suno, para crear paisajes, ambientaciones y música que mezclaran lo ancestral con lo electrónico.
Pero la historia no termina bien.
Guaymallén habla de una traición silenciosa:
cuando los nombres indígenas fueron borrados, las lenguas prohibidas, los templos destruidos.
Y ahí introduce al gran símbolo espiritual:
Hunuc Huar, el dios de la montaña.
Aquel que ve, que espera… y que castiga.
El gran terremoto, según esta narrativa, no fue un accidente.
Fue un ojo por ojo. Un olvido por olvido.
La ciudad mestiza
Pero Mendoza no desapareció.
Del polvo, dice Guaymallén, nació una nueva Huentata.
Ni indígena, ni española.
Mestiza.
Una ciudad con otoños de oro.
Con reinas vendimiales coronadas con racimos.
Con acequias que aún cantan.
Y con vino: esa fruta traída de la lejana Rioja que echó raíces en esta tierra gracias al agua huarpe.
Esa metáfora —la del vino como pacto entre dos mundos— fue una de las que más me tocó.
Porque mi familia vivió esa tierra.
Porque yo vi con mis propios ojos las máquinas moverse entre viñedos, las hojas crujir en otoño, las montañas vigilar en silencio.
Y porque este relato, más allá de la IA, es mío.
El impacto
El video emocionó profundamente.
Muchos descubrieron por primera vez la palabra “Huentata”.
Otros se sintieron representados por ese Guaymallén sabio, que aún habla desde las acequias.
Y muchos más me escribieron agradecidos por haber contado esta versión olvidada de la historia.
Fue más que una reconstrucción visual.
Fue un acto de justicia simbólica.
Porque a veces, la historia no necesita ruido. Solo necesita ser contada con alma.
Guaymallén ahora habla.
Y mientras el yaku fluya —como él dice—,
su voz seguirá corriendo por debajo de nuestras ciudades.
Porque Mendoza no nació una vez.
Nació tres.
Y esta fue la última…
con el alma intacta.
A continuación se encuentran las imágenes creadas y restauradas utilizadas en el video.
















































